Toledanos, "hijos del Tajo": antes el río "era fuente de subsistencia"; ahora "es una corriente de desperdicios"

Susana Palomo Gómez

Poco a poco, cada vez son menos los toledanos que recuerdan un río Tajo vivo, a su paso por la capital regional. Su testimonio, el de los “hijos del Tajo “- como los hemos bautizado para este reportaje de aniversario del Trasvase Tajo-Segura-, nos ayuda a imaginar cómo puede ser un río libre de trasvases y contaminación.

“Aprendió a nadar en un río”, que ahora es “una corriente de desperdicios”

Alejandro Gómez Bonilla, nació en Toledo, en 1950. Vivía en el barrio de la Solanilla, a orillas del Tajo y bajo el amparo de la Virgen de la Cabeza. El río era en aquella época y hasta su juventud  una parte vital de la ciudad, “transparente, limpio, fresco y  con mucho caudal; era alegría, parte de nuestra vida”.

Desde que sus padres le metieron en el agua -de bebé-, hasta cuando aprendió a nadar- antes de los cinco años-, los primeros recuerdos de infancia están ligados a un Tajo que marcaba la vida de sus vecinos, “que no podían permitirse el lujo de no enseñar a sus hijos a respetar al río “.  Un río al que Alejandro hace años que no reconoce ni por su caudal ni por su contaminación, por ello al Tajo le quita la categoría de río porque “no es una corriente de agua, sino una corriente de desperdicios”, lamenta.

 

No hay que remontarse muchos años atrás- a poco antes de 1975,  cuando se prohibió el baño en sus playas- , para descubrir que el río Tajo ofrecía en Toledo algo más que ocio,   también sustento al albergabar carpas, barbos y anguilas que alimentaban a familias enteras y también a los bares de la ciudad: ofrecían la pesca autóctona en sus barras ya fuera frita o en escabeche. De esos peces que requerían aguas más puras no queda ni rastro cinco décadas después. Para Alejandro la tragedia del río comenzó con la falta de depuración aguas arriba, principalmente en la zona de Madrid. Pero fue la puesta en marcha del trasvase lo que le hirió de muerte. Una situación que este toledano espera que se revierta no sólo con las sentencias españolas sino con el compromiso español a cumplir con la Agenda 2030,por eso, recuerda, “por ley el mundo nos exige que cuidemos los ríos y tenemos que conseguirlo”.

“El río para mi familia, de pescadores,  era subsistencia”

Del mismo barrio y promoción es Jesús Mora Gutiérrez. Criado en el corralón (una casa de labor), el Tajo era para su familia,  de pescadores, de redes, una fuente de subsistencia, antes de que Franco las prohibiese en el tramo de Aranjuez a la Puebla de Montalbán. La dictadura no les frenó y les convirtió en pescadores furtivos. Pero “no sólo comían bogas sin tino”, además se intercambiaban los productos con pastores.

Los peces del Tajo hasta finales de la década de los 60 llegaban a los platos de los toledanos de la capital, de los Montes de Toledo y de la comarca de Torrijos.

En los últimos años de este río fresco y caudaloso, en Toledo, las aguas regaban las huertas, generaban electricidad y se cruzaban- a falta de puentes- con  barcas que llevaban al ganado de orilla a orilla. Pero el río no sólo era sinónimo de vida. Con la barca propiedad de “los Navarros”( familia de Jesús)se  rescataba a los ahogados que cada año perdían la vida, en la mayoría de los casos, por las frecuentes corrientes en estas concurridas aguas que regaban tres playas principales en la ciudad.

Estos “hijos del Tajo” podrían ser las últimas generaciones que vieron nutrias en estas aguas toledanas, que durante décadas dieron vida, pero ahora sólo alimentan trasvases y albergan vertidos que impiden la regeneración del río.

 

Susana Palomo Gómez

 

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