El declive de la biodiversidad, señal de una crisis más profunda

Biodiversidad

Elena Labrado Calera
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Arturo Elosegi, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Hace unas semanas, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) publicó su informe anual, donde se observa que el Índice Planeta Vivo (IPV) sigue disminuyendo.

El IPV es un número que refleja la situación de 21 000 poblaciones animales representativas de la biodiversidad en todo el mundo. Estas poblaciones han sufrido una caída promedio del 68 % desde 1970. El descenso más grave (94 %) se ha producido en Centroamérica y Sudamérica, pero el IPV también ha descendido un 24 % en Europa. Es decir, las poblaciones de animales salvajes se reducen; la biodiversidad desaparece. En todo el mundo.

Pero, ¿no estábamos arreglando la situación? ¿No hemos protegido las especies salvajes? ¿No hemos creado grandes espacios protegidos?

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) hace en su informe un balance muy positivo de la salud y la productividad de los ecosistemas, y afirma que los objetivos marcados para 2018 se han superado con creces. Pero, ¿cuáles eran esos objetivos? Por ejemplo, aumentar el número de países que firman protocolos de colaboración internacional para la gestión de los ecosistemas.

Se firman protocolos, se establecen leyes que protejan la naturaleza, se crean espacios protegidos… Y, sin embargo, la biodiversidad disminuye. El propio PNUMA admite en este otro informe que las Metas de Biodiversidad de Aichi establecidas hace 10 años no se están cumpliendo.

Causas del declive de biodiversidad en el mundo

El problema no es el mismo en todo el mundo y para todas las especies. En algunos países siguen faltando espacios protegidos; en otros sí los hay, pero no se protegen de manera efectiva. En algunos países la pobreza empuja a la caza y recolección furtiva; en otros, los principales problemas son la contaminación y la expansión de tierras agrícolas. A veces son las especies exóticas. En algunos casos, las cosas se han hecho bien pero las poblaciones salvajes tardarán tiempo en empezar a recuperarse.

En la Unión Europea se ha creado la Red Natura 2000, una valiente e importante iniciativa para la conservación de la biodiversidad, aunque su impacto real aún está por ver.

En cuanto a nuestro territorio, está mejorando el estado de conservación del 5 % de las especies que presentan un estado desfavorable en la Comunidad Autónoma del País Vasco, la evaluación del 28 % se califica como estable, la de otro 16 % como empeorando y no tenemos información del 51 % restante. Entre los hábitats prioritarios, el 82 % presenta un estado de conservación desfavorable. Evidentemente, tenemos mucho que mejorar.

La protección no es suficiente

Para conservar la biodiversidad no basta con proteger algunas zonas, sino que tenemos que hacer cambios mucho más profundos en nuestro modo de vida.

La población humana y las actividades humanas siguen creciendo constantemente y, por tanto, la huella ecológica es tan grande que necesitaríamos 1,6 planetas para mantener nuestras actividades. Ante esta tesitura, en 2017 más de 15 000 científicos de 184 países firmamos un manifiesto afirmando que a la humanidad se le acaba el tiempo, que si no cambiamos con rapidez y de manera profunda, nos dirigimos hacia una catástrofe ecológica.

Cuando se menciona este tema, solemos pensar en Estados Unidos y China, pero tanto en España como en el País Vasco también hay una gran huella ecológica y avanzamos muy lentamente hacia la sostenibilidad. Aquí también la artificialización de los terrenos es constante, el gasto energético es muy alto y seguimos intensificando las actividades humanas.

Gestión de los bosques vascos

Pongamos un ejemplo: la silvicultura. En el País Vasco se ha intensificado notablemente, seleccionando especies con un ciclo de vida cada vez más corto y explotando áreas cada vez más grandes.

Muchas instituciones y propietarios privados apostaron por el pino radiata, olvidando que no conviene poner todos los huevos en la misma cesta, hasta que empezaron a sucederse las plagas: Fusarium, banda roja, banda marrón… Esta última enfermedad fúngica ha arrasado miles de hectáreas de pinar, echando a perder la inversión de sus propietarios. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta?

En un principio se fumigó con óxido cuproso y otros fitosanitarios, pero parece que los responsables se han resignado y ahora proliferan las plantaciones de eucaliptos; es decir, un sistema de explotación aún más intensivo que el de los pinos.

Los trabajos publicados muestran claramente que estas plantaciones pueden tener un impacto ambiental significativo, sobre todo reduciendo la biodiversidad. Por tanto, este cambio alejará aún más al País Vasco de la sostenibilidad.

Bosque de pinos en el País Vasco.

Jorge Argazkiak

¿Cómo nos afecta la pérdida de biodiversidad?

Más de uno se preguntará: ¿y a mí qué, si se pierde biodiversidad? ¿Qué me importan las mariposas y las aves? Pues más de lo que parece.

La biodiversidad es imprescindible para el buen funcionamiento del mundo: produce el oxígeno que respiramos, descompone los residuos que depositamos, genera muchos alimentos que comemos, provee de medicamentos a nuestras farmacias, etc.

Además, en estos tiempos en que el clima está cambiando vertiginosamente, una biodiversidad alta nos ofrece seguridad, ya que cuantas más especies tengamos, más fácilmente encontraremos algunas que se adapten a las nuevas condiciones.

A esa regla de no poner todos los huevos en la misma cesta que he mencionado arriba, los ingleses lo llaman “efecto portafolio o cartera”, en referencia a la regla de los inversores bursátiles de que es más seguro diversificar la cartera de acciones que invertir todo el dinero en acciones de una sola empresa.

También existen argumentos éticos para conservar la biodiversidad, porque no tenemos derecho a destruir especies evolucionadas a lo largo de millones de años ni a dejar a nuestros descendientes un mundo mucho más limitado que el nuestro.

Por último, la conservación de la biodiversidad puede contribuir a la conservación de nuestra salud y economía,. La Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) ha dejado claro que la reducción de la biodiversidad aumenta el riesgo de pandemias.

Cómo afrontar la crisis climática tras la covid-19

Como un tren corriendo hacia el precipicio, nos acercamos peligrosamente al desastre ecológico y para evitarlo es imprescindible realizar cuanto antes cambios profundos en nuestro modelo de crecimiento.

Lamentablemente, como un burro con cartolas, en cada momento tendemos a no ver nada más que lo que tenemos delante de nuestras narices: hace unos meses hablábamos de la crisis climática, ahora es la pandemia del coronavirus. No somos conscientes de que todos estos no son más que episodios de una crisis mucho más profunda, que es la crisis medioambiental, la del modelo de crecimiento de la sociedad.

Ya es hora de que empecemos a pensar más a largo plazo. Por ejemplo, cuando tengamos la pandemia actual un poco controlada, no deberíamos volver a entrar en el crecimiento exponencial. Aquí mismo, en el País Vasco, se han propuesto líneas interesantes para el mundo después del coronavirus.

En esta grave situación en la que nos encontramos, debería quedar clara la magnitud del reto que tenemos por delante, la urgencia de abordarlo de inmediato y la necesidad de que todos colaboremos. Es muy fácil culpar a los políticos, que desde luego tienen culpa. Es muy fácil fijarse en Estados Unidos, donde claro que hay muchas cosas que cambiar.

Sin embargo, si nos limitamos solo a eso no vamos a revertir la situación a tiempo. Todos tenemos que empezar a trabajar, cada uno en su ámbito y con sus responsabilidades, cada cual en la medida de sus posibilidades. Las generaciones venideras se lo merecen.

La versión original de este artículo fue publicada en la revista digital Campusa, que recoge noticias destacadas de la UPV/EHU.

Arturo Elosegi, Investigador y profesor de ecología fluvial, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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